Por Ana Carolina Borbore Vieyra
Hay una pregunta que me hice muchas veces en silencio:
¿Por qué me cuesta tanto alejarme de alguien que claramente no me hace bien?
Y la respuesta casi siempre era la misma:
“Porque es familia.”
“Porque nos conocemos de toda la vida.”
“Porque no puedo ser tan fría.”
“Porque va a hablar mal de mí.”
Pero un día me hice otra pregunta, más incómoda y más honesta: ¿Quién se queda conmigo cuando esa relación me deja emocionalmente drenada?
Durante mucho tiempo creí que aguantar era sinónimo de madurez, que sostener vínculos difíciles demostraba lealtad, que el amor todo lo soporta. Hoy ya no pienso así. Hoy entiendo que la salud mental no se negocia, no se posterga, no se sacrifica para mantener una foto familiar en paz o una dinámica que por dentro me rompe.
Hay relaciones que no son violentas en lo evidente, pero desgastan, minimizan, compiten, invalidan, opinan sin permiso, critican disfrazado de “te lo digo por tu bien”. Y el desgaste emocional constante también es una forma de daño.
Lo más difícil de aceptar es que a veces el lazo no alcanza.
La sangre no garantiza respeto.
La historia compartida no garantiza evolución.
Alejarse no siempre es gritar, bloquear y desaparecer. A veces es poner límites, reducir exposición, elegir no contar todo, elegir no participar de dinámicas que me hacen retroceder.
Y sí, duele.
Duele porque nos enseñaron que la familia es intocable. Que los vínculos se sostienen a cualquier costo. Que cortar es egoísmo.
Pero yo hoy me pregunto:
¿No es más egoísta pedirme que me quede donde no soy respetada?
No hablo desde el enojo, hablo desde la conciencia. Si algo aprendí es que la paz mental no tiene reemplazo.
No hay relación que justifique perder el equilibrio, la seguridad o la autoestima.
Y algo más importante todavía: mis hijos me miran. Y quiero que aprendan que el amor no duele, no minimiza y no obliga.
Alejarme no me hace mala persona, me hace responsable de mi bienestar. Porque al final del día, el vínculo más importante que tengo es conmigo.
Y si una relación me hace dudar constantemente de mi valor, tal vez el problema no sea la distancia… sino el exceso de cercanía.
Hoy elijo relaciones que sumen.
Que respeten.
Que celebren.
Que acompañen sin competir.
Y si eso implica tomar distancia de alguien, aunque el lazo sea fuerte, lo voy a hacer. Porque mi salud mental no es negociable.
En ANNA creemos que el bienestar emocional no es un lujo, es una responsabilidad personal.
Los vínculos forman parte de nuestra identidad, pero no pueden construirse a costa de nuestra estabilidad. La salud mental es un pilar silencioso que sostiene todo: la maternidad, el trabajo, la autoestima y la forma en que nos relacionamos con el mundo.
Poner límites no es romper.
Alejarse no es odiar.
Elegirse no es egoísmo.
La verdadera evolución personal comienza cuando entendemos que la paz interior vale más que cualquier lazo sostenido por obligación.
Porque ninguna relación debería exigirnos perder lo más importante: nuestro equilibrio.
— ANNA Revista
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